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jueves, septiembre 29, 2016

Carta XIII, de Gabriela Mistral a Manuel Magallanes Moure

Gabriela Mistral
Manuel; Hoy he estado muy preocupada de ti. Razones: no recibo carta desde sábado. El domingo fue una mía larga. Creí tener respuesta ayer u hoy. Hay algo más. En el Correo se les ha despertado un extraño interés a unos muchachos ociosos por mis cartas. Un mozo, Santelices (hermano de Lisandro), se fue a Río Blanco (Cordillera) y me escribió desde allá. Le contesté, como es lógico, y la carta desapareció. Hubo reclamo y hasta amenaza de él de llevar el asunto a Stgo. La carta apareció y – yo la vi – sin duda fue abierta. Es este el único hombre del pueblo que viene al Liceo y que se dice amigo mío. Lo creen otra cosa y de ahí lo de la carta. Es un niño (20 años); pero como en el pueblo son escasos los hombres, no les parecía raro que yo me interesara por el muchacho.

Más: ayer llegó una postal de un amigo que me trata con afecto. Venía sin sobre y la leyeron en un corrillo en el Correo. El mozo del Liceo oyó la lectura y los comentarios.
Le cuento todo esto para justificar mi temor de que me abran una carta mía o tuya. No te pongas todas tus iniciales, ¿quieres?

Hay uno de los empleados que tiene el ojo más listo y no comenta ni lo deSantelices ni lo del de la postal. Llegó trayéndome tu último certificado: el colmo de la atención, los paquetes a domicilio. Y con todo descaro me dijo: el poeta Magallanes ¿está ahora en el Melocotón? Despachó él mismo la encomienda para ti. Se explica la intrusidad en gente ociosa y que vive por y para el chisme. Yo misma les he fomentado la curiosidad con mi vivir cerrado a todo el mundo. No voy a la Iglesia, no visito casa alguna ni dejo que me visiten. Hay razones: es un pueblecito como todo pueblo chico, de infierno.

El domingo me pasó algo que relaciono con estas cosas. Voy a contártela.

Un joven hacendado se hizo acompañar y vino a verme por libros. Se desprendióluego del compañero y me habló de amor y luego de matrimonio. Yo no me explico esto, sino como un modo de sondearme, porque quizás le parezca un enigma en esta faz sentimental de la vida. Cuando le hablé que tenía trazada mi línea de vida se sorprendió. Tiene fortuna, es simpático, es intruido y de costumbres campesinas. “Como a Ud. le guste”, me agregó. Es un hombre sencillo, pero como desconfío de todo el mundo, lo creo capaz de haber venido, inducido por otros a observarme. Cuando le declaré que no debía alentar ninguna esperanza, se sorprendió aún más. Quizás hubiera sido conveniente no obrar así: quizás hubiera podido desviar los ojos de los demás hacia él, de modo que jamás te descubran a ti; pero el procedimiento me pareció bajo y además se trata de un hombre superior a mí, que ni como amigo toleraría. En todo hombre rico hay siempre un bribón para una mujer pobre. Soy demasiado altiva para tolerar ni siquiera la sospecha de que miro a lo alto con deseos de trepar.

He callado el asunto a los míos, porque estoy segura de que les hubiera parecido ventajoso y, cuando menos, me harían aceptar sus visitas.

Perdóname esta carta tan loca.

Hay otra razón más para que me preocupe no saber de ti. El que tardes en escribirme de ésa me preocupa más que tus silencios de El Melocotón. Significa mucho más. ¿ Por qué? Tú lo comprendes.

Todo en ti lo respeto y de ti espero todas las franquezas. Cuando en tu vida – y esto pasará tarde o temprano- se resuelvan conflictos que no pueden ser eternos, yo debo ser eliminada en absoluto. Tú me lo dirás, sin temor de hacerme daño. No soy una niña y aunque parezca loca, comprendo y respeto ciertas cosas sagradas. Tú me lo dirás Prométemelo así.

En tus labios, dulce, larga, absolutamente.
Lucila


Nota.- Información disponible en el sitio ARCHIVO CHILE, Web del Centro Estudios “Miguel Enríquez”, CEME: http://www.archivochile.com