Mundo empresarial

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lunes, septiembre 21, 2015

Carta a un empresario



Estimado empresario:

            Sé que no corren buenos tiempos para esa arriesgada profesión  tuya en la que se ganan más enemigos que amigos y, sobre todo, en estos tiempos de crisis. Me estoy refiriendo en todo momento a ti, empresario singular que sirve de ejemplo de todos los empresarios, gran mayoría, que van desde el autónomo hasta el gran empresario, que respetan las leyes y los derechos del prójimo, sea este trabajador, cliente u otro empresario; pues pensar lo contrario también llevaría al absurdo de aceptar que todos los trabajadores, por el hecho de serlo, son poco fiables, nada cumplidores de sus obligaciones, e intentan engañar a siempre a la empresa que los contrate. Idea inaceptable en ambos casos, porque las generalizaciones son absurdas y poco veraces, pues obedecen a prejuicios e ideas preconcebidas que hacen más cómodo y fácil manejar los conceptos e ideas con clichés establecidos y estereotipados, pero completamente falsos
            Para muchos, especialmente entre los trabajadores en general, los sindicalistas y los representantes de esa izquierda radical tan contraria a la propiedad privada y al capital –sólo  si son de propiedad ajena, no a la suya propia que esa sí que es siempre legítima-, tú, como empresario, representas un enemigo social, un buitre carroñero que sólo buscas el beneficio propio en detrimento del de los trabajadores que son, algo así, como esclavos a tu servicio.
            Después del esfuerzo, gran  iniciativa, asunción de los riegos económicos que conlleva fundar una empresa por pequeña que sea, coraje, capacidad organizativa y trabajo que ello supone, no sólo no recibes ningún tipo de consideración, estima ni comprensión de la labor  social que haces –no hay que olvidar que eres quien creas empleo-, sino que eres un símbolo del atroz capitalismo que padecen las sociedades occidentales modernas y, por lo tanto, eres culpable de colaborar, sólo por  la creación y gestión de tu empresa, con la explotación que el sistema lleva ejerciendo sobre los ciudadanos de cualquier país desarrollado o, más aún, en vías de desarrollo.
            Vamos que eres algo así como un bandolero, pero sin trabuco ni manta al hombro que, en vez de ir por los caminos para asaltar y robar a los viajeros que transiten por él, haces tus latrocinios sentado cómodamente –la comodidad y el relajo están asociadas sine que non a tu condición de empresario, en el sentir general-, a la mesa de tu despacho y, a modo de trabuco, utilizas una estilográfica o bolígrafo para plasmar tu firma sobre el contrato de trabajo, explotador y abusivo como corresponde a tu condición de animal carroñero, o cualquier otro contrato mercantil en el que tú, o sea, tu empresa, siempre sales ganando a costa de la otra parte que se deja engañar, estafar y desplumar, como cualquier ave de corral antes de echarla a la cazuela, sirviéndote siempre de malas artes que son consustanciales a tu idiosincrasia desde que tuviste la idea de hacerte empresario. Es decir, tu deseo legítimo de ganar dinero de forma legal con tu empresa se considera poco ético porque se presupone que lo intentas de forma ilícita y abusiva, pero  no sucede igual con el mismo propósito del trabajador por cuenta ajena de ganar lo más posible con su trabajo, porque es aceptado como algo legítimo y deseable, lo que, además de ser contradictorio e ilógico, genera siempre una connotación negativa e injusta a  tu condición de empresario.
            Naturalmente, tus noches de insomnio son desconocidas por todos porque sólo las conoce tu mujer, si estás casado, porque pasas las noches en vela pensando si las cuentas cuadrarán en el trimestre, si los pedidos que recibes podrán ser atendidos en tiempo y forma, y no se llegue a interrumpe el plazo dado a tus clientes por cualquier desajuste en la plantilla, la convocatoria de una huelga, la enfermedad de unos cuantos de los trabajadores aquejados por un virus gripal, la maternidad de  algunas de las trabajadoras, cuyas bajas tendrás que cubrir provisionalmente con otras contratadas ad hoc –sabiendo la mala prensa que tienen los contratos provisionales entre los trabajadores y los sindicatos-, o el retraso en el suministro de materias primas por parte de las empresas contratadas al efecto. Todo ello te hace sentirte impotente por no poder controlar  tantos factores que pueden hacer que pierdas el contrato tan importante para tu empresa que firmaste hace unos meses, o tener que  pagar a tus clientes con grandes sumas de dinero a modo de indemnización por demora -lo que ya ha sucedido en algunas ocasiones, especialmente en estos años anteriores de crisis profunda, cuando los plazos de entrega no pudiste cumplirlos porque tus suministros no llegaban ya que muchas empresas cerraban y tenías que buscar desesperadamente otras que te proporcionaran las materias primas necesarias-. Eso te supuso pérdidas importantes que te obligó a despedir a algunos de los trabajadores porque no tenían ya labor que hacer, al bajar el número de pedidos, o porque no podías pagar su sueldo mes tras mes, si no querías declararte en bancarrota y cerrar la empresa con el consiguiente despido de toda la plantilla. Y siempre teniendo que cumplir con el pago de los Impuestos que eran otras de tus pesadillas, y el cumplimiento de las leyes laborales porque la Seguridad Social te mira con lupa como a todo el gremio empresarial.
            Todos estos problemas no suelen verlos quienes trabajan para ti porque bastante ocupados  están en realizar su trabajo y procurar que el contrato que tienen firmado con tu empresa no finalice y tengan que pasar a la cola del paro, lo que en estos años es un problema peliagudo y trágico, sin duda alguna. Además, es una creencia general que los problemas sólo los tienen los trabajadores que son quienes cobran un sueldo, siempre bajo a su juicio, porque los empresarios tenéis siempre un capital –declarado o no, lo que importa poco a tus detractores-, y tus problemas sólo radican en procurar multiplicar tus ganancias y dividir los costes de producción a costa de los asalariados, como es normal en todo empresario con alma de corsario como es tu caso y el de todos tus colegas, a juicio de la mayoría de la gente.
            Pocos se paran a pensar que tú trabajas en la misma empresa que tus empleados y que dedicas muchas más horas, como todo capitán de barco que se precie, porque si el barco naufraga y el barco/empresa se va a pique.  el último en saltar a un  bote salvavidas –llamémosle subsidio de desempleo-, eres tú como comandante de esa nave/empresa que eres; aunque, muchas veces, cuando el agua te llega al cuello y estás a punto de perecer, ya no hay bote salvavidas a la vista, porque los empresarios naufragados no cobráis el seguro de desempleo que está destinado a los trabajadores por cuenta ajena; además de tener que veros obligados a declararos en quiebra y entrar en un proceso concursal en el que podéis perder la empresa y, muchas veces, la propia vida personal que se ve arrastrada por la marea de la ruina económica y familiar.
            Naturalmente, hay empresarios millonarios, dueños de verdaderos emporios, cuyos nombres están en la mente de todos, pero es curioso que ninguno de ellos ha sido nunca reacio al trabajo, sino que su imperio empresarial se debe a su esfuerzo, tesón, capacidad de lucha y de resistencia a los momentos malos y, sin duda, a la suerte que le ha acompañado en su labor empresarial. Esa fortuna que han conseguido reunir se revierte después a la sociedad en forma de creación de fundaciones, bibliotecas , universidades, colegios, hospitales, donaciones a oneges diversas y un largo etcétera.
            Toda la sociedad demanda la creación de puestos de trabajo, porque el trabajo es un derecho fundamental del ser humano para poder sobrevivir; pero se da la gran paradoja de que, mientras se pide y exige trabajo para millones de personas que están desempleadas y viviendo una gran tragedia, se ataca a la figura del empresario por considerarla nociva, por ser un símbolo del capitalismo explotador. Habría que preguntarse, si desapareciera la figura del empresario de la faz de la tierra para evitar la supuesta explotación a la que somete a los trabajadores, quién crearía esos puestos de trabajo demandados si no hubiera capital privado y organizado en forma de empresas y con empresarios a la cabeza, para dirigirlas. El Estado no podría llevarlo a cabo, sustituyendo a los empresarios privados, porque la hacienda pública no recaudaría los impuestos que pagan las empresas y trabajadores, ya que desaparecidas unas, desparecerían obligatoriamente los otros; y, si el Estado se tuviera que movilizar para crear los bienes y servicios que ofertan las empresas, tendrían que constituirse de forma mercantil y autónoma, por lo que ocuparían el lugar de los empresarios con los mismos males, fallos e inconvenientes de los que ahora  os acusan a quienes lo sois y ejercéis de ello. No hay que olvidar a los países con regímenes de izquierdas (cuba, Venezuela, Grecia, etc.,) y su desastroso presente sin futuro, lo que sucede siempre cuando el Estado quiere  ejercer conjuntamente todas las funciones públicas y privadas, llevando a los países a la ruina, la desesperación y el desastre económico y social.
            La actitud contradictoria de una sociedad que demanda un nivel de vida capaz de satisfacer sus necesidades de bienes y servicios, puestos de trabajo  bien remunerados y un nivel de bienestar como nunca se había conocido en la historia, hace que la figura del empresario esté siempre bajo sospecha de ser un enemigo a eliminar de esa misma sociedad en la que interactúa creando riqueza, puestos de trabajo y ofreciendo esos bienes de consumo  que la sociedad solicita; aunque esta misma sociedad parece que  todo esos  derechos, y bienes los prefiere recibir del cielo, como el maná bíblico, sin agentes intermediarios como  sois tú y tus colegas, en una extraña actitud de negación y rechazo del mensajero, al que se desea eliminar a toda costa, pero sin renunciar a seguir recibiendo el mensaje sin ningún tipo de contratiempos, retrasos o dificultades.
            Por eso, amigo empresario,  te comprendo -aunque yo no lo soy ni lo he sido nunca-,  pero veo en ti la lucha esforzada para hacer realidad tu sueño, a pesar de todos los obstáculos que encuentras en tu difícil camino de llevar a buen fin una empresa, para lo que arriesgas tu fortuna personal –casi siempre a costa de créditos-, tu tiempo, tus sinsabores, tus problemas nunca compartidos con los demás, ni siquiera con quienes trabajan para tu empresa, y tu angustia de llevar a buen puerto a ese barco en el que viajan otras personas, otras vidas, de las que te sientes responsable, porque sólo quieres llegar al fin de la travesía, a pesar de las tormentas que encontrarás en  tu siempre peligrosa navegación por el proceloso mar de una sociedad que quiere y demanda trabajo, bienestar y prosperidad, pero olvidando que para llegar a ese anhelado puerto tiene que haber siempre un piloto/empresario que, antes, haga de armador del buque/empresa y, después, gobierne el barco en el que navegar para poder salvarse todos o, peor aún, hundirse juntos en un siempre temido naufragio .
            Mucho ánimo,, suerte y valor en tu esforzada navegación empresarial, tan incomprendida y poco valorada por quienes, desde tierra, intentan marcar el rumbo de los barcos que navegan, en un juego peligroso para todos, porque quienes lleváis el timón sois quienes tenéis valor para haceros a la mar sin tener a mano siempre un salvavidas,  especialmente en estos tiempos de temporal en forma de crisis económica.,
            Por último, te recuerdo, para momentos de desánimo, la frase de Winston Churchill: "El éxito es la habilidad de ir de fracaso en fracaso sin llegar a perder el entusiasmo".
            Sinceramente.
           

            

martes, marzo 24, 2015

Carta abierta a un/a imbécil




                               











Disfruta el día hasta que un imbécil te lo arruine.
 (Woody Allen)

            Me dirijo a ti, imbécil, femenino o masculino, si, aunque no figure tu nombre ni rostro, porque  sois muchos y muchas en tu, llamémosle, numeroso  colectivo, o sea, agrupación de desconocidos -generalmente-, entre sí que se dedican a demostrar a todas horas  que son imbéciles por sus acciones, palabras, actitudes y demás galería de disparates que ponen en evidencia vuestra imbecilidad congénita y vuestra ausencia del más mínimo respeto a los demás y falta de dignidad propia. Quien no se respeta a sí mismo y no le importa demostrar su  auténtica naturaleza de imbécil, no puede respetar a los demás a los que, paradójicamente, suele considerar que son los realmente estúpidos, inocentes, o "pardillos", a quienes hay que provocar continuamente para ver y divertirse con sus reacciones.
         Eres siempre el/la que da la nota en cualquier lugar, haciendo comentarios inoportunos, preguntas impertinentes, contando chistes sin gracia y que hacen sonrojar o irritan a quien los escucha por su manifiesta inoportunidad, zafiedad o inconveniencia; riéndote sin ninguna contención en ceremonias, actos públicos o circunstancias en las que la risa está fuera de lugar por un mínimo de respeto al prójimo, como pueden ser funerales,  ceremonias religiosas, actos solemnes y un largo etcétera que está en la mente de todos. Eres el/l que gasta bromas estúpidas, hirientes, malintencionadas y procurando implicar a terceros a los que convences de que son bromas inocentes y a los que prometes algo a cambio -aunque no estés dispuesto/a a cumplir tu promesa-, para que el otro imbécil que te hace caso colabore de buena gana en tu broma supuesta e infamia cierta.
          Eres el/la que siempre presume de orígenes ilustres -cuando provienes de una familia modesta y por eso ocultas tu lugar de nacimiento-; o que tienes amistades poderosas, influyentes o famosas que sólo existen en tu fantasía, en la que vives una realidad que está sólo en tu imaginación calenturienta y  tu capacidad de mentir a la que recurres para poder epatar a quienes consideras inferiores -es decir, todo el género humano a excepción de tus más íntimos allegados, y no siempre-, y a los que crees que puedes contarle  tus absurdas invenciones como si fueran una verdad absoluta y a las que nadie puede objetar porque tienen que creerte a pie juntillas, aunque no des más pruebas de lo que afirmas  que tu palabra de imbécil.
            Las formas de manifestar tu imbecilidad son muchas y variadas: unas veces dices que has asistido a homenajes, funerales, etc., de personas famosas a las que llamas buenos amigos y a quienes sólo conocías por la prensa o las has visto desde lejos en un acto público, incluso inventando o equivocando el lugar donde se produjo dicho acto. Al igual que afirmas, en otras ocasiones, que has sido invitado a bodas de famosos a quienes no conoces, sin dar más prueba de ello que cuatro detalles que han salido publicados en la prensa y que te has aprendido de memoria para demostrar que "has estado allí". Cuando no ofreces recomendaciones ficticias para conseguir un empleo, una beca, una plaza en una oposición, una colaboración, una exposición, un premio, etc., para que quien recibe ese ofrecimiento fantasma crea que eres una persona muy importante y bien relacionada. Naturalmente, quien es así recomendado, ni consigue el empleo, ni la oposición, beca, colaboración, premio, o cualquiera otra cosa que estuviera en juego, porque todo ha sido una patraña, cuando no una trampa, para que el ilusionado recomendado, cuando llegue la hora de la verdad, se encuentre con un no rotundo, o se le pide algo a cambio -en otras ocasiones- de lo que no se le había hablado, si  es que, en verdad, quien "recomienda" -el imbécil en cuestión-,  conoce a quien tiene que dar lo prometido al recomendado, porque el favor no se le iba a hacer a  este último, sino a quien tenía que recibirlo en nombre de su buen amigo que recomienda; y así consigue el dador del beneficio en cuestión -en un trueque improvisado y que no estaba en el programa-, algún servicio, trabajo, favor, etc., del recomendado, si es que éste quiere conseguir lo prometido, aceptando las exigencias que se le hacen en el último momento.
          Por supuesto, como piensas que todo el mundo se tiene que creer tus fantasmadas, imbécil, con la absurda seguridad de todo vanidoso/a, no te planteas nunca que te puedan descubrir quienes te conocen y saben de tus artimañas, porque a un imbécil mentiroso es fácil cogerlo por los fallos, lagunas, contradicciones y ambigüedades  que comete en su continua exposición de "grandezas", de talentos artísticos inexistentes  que despiertan hilaridad en quienes te oyen presumir de ellos, o de amistades famosas con quienes tienes un trato íntimo y prolongado, según manifiestas, y deudas impagables con personajes  a quienes no has conocido siquiera; o presumes de los bienes cuantiosos que posees, títulos académicos imaginarios, puestos laborales siempre de primera fila -y callas que te echan de todas partes-; o bien haces gala de parientes ilustres, conocimientos que no tienes y vergüenza que perdiste hace mucho tiempo. 
        Toda esa parafernalia que exhibes con total falta de pudor y sin temer que te puedan descubrir en tu falacia, porque siempre crees, en tu vanidad de imbécil, que tu inteligencia superior te hará salir bien de cualquier apuro, de cualquier momento en el que sea descubierta tu impostura, tu mentira y tus alardes de una superioridad intelectual, social, académica, física, o laboral que sólo existe en tu mente, en la que luchas continuamente con tu propia sensación de fracasado, de don nadie, de incompetente, de persona mediocre  y gris que te hace adoptar ese papel de prepotente y vacuo, por lo que sólo te hace falta decir a quien  te escucha: "Trátame como un igual; pero no olvides que soy superior". Mientras, el interlocutor te oye hablar entre la incredulidad, el asombro y la irritación ante tantas autoalabanzas  de  tu talento imaginario y lecciones continuas  en cualquier disciplina o arte, tu pedantería insoportable -precisamente porque no tienes talento, ya que eres imbécil-, o mentiras absurdas e inverosímiles en un constante, repetitivo y cansino suma y sigue.. 
         Viene a cuento lo que le sucedió al científico don Santiago Ramón y Cajal, durante un trayecto en tren que hacía en aquellos años en los que los trenes eran de carbón y existían compartimentos  aislados unos de otros. En una determinada estación, se subió al tren y entró en su compartimento un viajero que saludó cortésmente a Ramón y Cajal y, después de colocar su equipaje, se sentó e iniciaron una charla por ser los dos únicos  ocupantes del compartimento. El recién llegado empezó a hablarle al científico -al que no había reconocido porque entonces no se conocían los rostros de los famosos como ahora que salen continuamente en los medios de comunicación-, de las muchas amistades que tenía entre  las distintas personalidades famosas de la época. Ramón y Cajal escuchaba el interminable parloteo de aquel hombre que hablaba de los descubrimientos científicos que habían sido noticias en los últimos días, y daba su opinión ante el asombrado  histólogo que le escuchaba sin interrumpirle a pesar de los disparates que decía su compañero de viaje, por eso de que la educación y el respeto al prójimo está siempre unida a la superioridad intelectual y moral de un ser humano.
      El viajero parlanchín le decía que todos los datos que ofrecía sobre esos temas científicos de los que hablaba se los había oído decir a su íntimo amigo, el Premio Nobel, Santiago Ramón y Cajal. El científico le escuchaba entre el estupor y la irritación, ante la ignorancia mostrada por su compañero de viaje y la osadía de citarle a él como el autor de los disparates que el buen hombre iba diciendo. Cuando llegaron al destino de ambos que era la última estación, el viajero cuentista y fantasmón, sacó una cartera de mano, de ella extrajo una tarjeta de visita y se la ofreció al científico muy ceremoniosamente diciéndole.: "Me encantaría que si en algún momento quisiera visitar mi ciudad, volviéramos a vernos y charlar un rato sobre estos temas científicos que he comprobado que a usted también le interesan. Mi nombre es Fulano de Tal, fabricante de tejidos en tal ciudad X. Estaré encantado de invitarle a probar los excelentes caldos que tengo en mi bodega ". Ramón y Cajal, tranquilamente, cogió la tarjeta y estrechándole la mano al hombre, le respondió: "Ha sido un placer conocerle y oírle porque he aprendido mucho de usted en este viaje. Mi nombre es Santiago Ramón y Cajal, histólogo y Premio Nobel de Medicina. Aquí tiene mi tarjeta para que podamos seguir  cultivando la estrecha amistad que mantenemos desde hace tanto tiempo, aunque no podré invitarle a mi bodega personal porque soy únicamente un pobre científico". Naturalmente, el otro viajero se quedó callado definitivamente, mudo de asombro y vergüenza.
        Por eso, imbécil, supuesto amigo de famosos, caradura sin paliativos, siempre te atreves a hacer lo que cualquier persona normal y sensata no haría por las consecuencias que pueda tener. Un ejemplo de ello, es la usurpación de personalidad de  una tercera persona -o aunque dé su consentimiento, en ocasiones, para seguirte la broma que según tú vas a gastar a un tercero-,  de quien el imbécil está usando su nombre y haciéndose pasar por el suplantado. Lo haces en las redes sociales, en las que muchos famosos reales han tenido que denunciar el uso fraudulento de su nombre por parte de algún otro imbécil  que intenta así llamar la atención de cualquier incauto que se crea  que es el famoso de turno -porque  el imbécil por sí mismo no es capaz de despertar la más mínima atención-, y empieza así a propalar rumores, dar opiniones sobre terceras personas, o comentar supuestos hechos del famoso suplantado que muchas veces dañan el nombre y el prestigio de este último que tiene que recurrir a la denuncia correspondiente. Si  el atrevimiento llega a usurpar la identidad de un famoso con el peligro que ello conlleva por los muchos seguidores que tiene en las redes y es fácil ser detectado, mucho más se atreve con personas anónimas -eso sí sin poner nunca foto en el perfil falso que crea en las redes sociales-, porque el nombre de dos personas puede coincidir, pero la cara es imposible.
     El imbécil, o seas, tú, que siempre eres osado por mentecato, mandas correos electrónicos en nombre de terceras personas, muchas veces con bromas de mal gusto, para ver si el destinatario se cree que el supuesto remitente le ha escrito, sea un personaje conocido o no, intentando crear así la duda en quien recibe el mensaje de si esa persona    -en el caso de que exista y conozca-, que es  la suplantada, le ha podido enviar un  email que le parece inconcebible que haya escrito, poniendo así en peligro la amistad o relación existente entre ambas. Cuando no, se inventa un personaje ficticio y comienza a bombardear a la víctima de dicha correspondencia con todo tipo de mensajes con contenido variopinto que demuestran la insania mental del/la imbécil que quiere demostrarse que es más listo que nadie -porque tiene un complejo de inferioridad manifiesto que le genera ese deseo constante y enfermizo de poner a prueba alguien a quien envidia para demostrarse a sí mismo que  le puede engañar y hacer creer lo que quiera- y, por ello, intenta tener "en ascuas" a quien es el destinatario de sus demostraciones de  imbecilidad para ver cómo reacciona y qué hace.
          Naturalmente, todo tiene un límite y la paciencia también, por eso, quien tiene la mala suerte de tropezarse con un/a imbécil, o sea, tu congénere, cuando descubre su verdadera naturaleza, lo mejor que puede hacer es apartarse de su camino o, si corresponde, poner la denuncia correspondiente cuando el imbécil traspasa límites intolerables. Lo que sí puede tener seguro es que el imbécil no cambiará nunca. La imbecilidad va en sus genes, unida a sus frustraciones, a su mediocridad, a su propia sensación de fracaso, a su falta de ética y a la ausencia del más mínimo sentido de autocrítica que le advierta que está haciendo el más absoluto ridículo y que corre un gran peligro cuando infringe la ley.  
            Como, desgraciadamente, abundáis mucho, algunos  imbéciles buscáis el apoyo de otros semejantes -por eso que dice que la unión hace la fuerza-, en una simbiosis en la que el que tiene menos que perder, o más que ganar, hace el trabajo sucio o da la cara, porque en ambos existe la misma falta de escrúpulos, la misma vanidad y prepotencia que tenéis en común y por ello os reconocéis rápidamente. El imbécil, solo o acompañado, no deja de mostrar nunca que la imbecilidad no tiene cura porque siempre subyace debajo y la nutre la más absoluta inferioridad, mediocridad y envidia.
          Por eso, imbécil, si quieres un consejo, procura no demostrar demasiado que lo eres, aunque sólo sea para que quienes ya te conocen no terminen despreciándote aún más; y quien aún no sabe de tu imbecilidad no empiece a sospecharla demasiado pronto. Sólo hasta que no te conocen, imbécil, tienes cancha porque, a partir de entonces, juegas tú sólo/a.
     Recuerda otra frase del genial Woody Allen: "La ventaja de ser inteligente es que se puede fingir ser imbécil, mientras que al revés es imposible".

            Atentamente.