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lunes, septiembre 25, 2006

Carta abierta a un inmigrante



Carta abierta a un inmigrante



Me dirijo a tí, sea cual fuere tu nacionalidad, sexo, raza, lengua o condición, porque en tí se encarna la desesperación, el sufrimiento y el desarraigo de todo inmigrante que ha abandonado su propia tierra natal, huyendo de la miseria, el hambre, la guerra o la injusticia propiciados por un mundo deshumanizado que ha convertido al planeta en una inmensa parcela propiedad de unos pocos, las grandes potencias, y ha dejado al resto de la humanidad sumida en la pobreza y en la más absoluta de las orfandades.


Da igual si llegaste a este país llamado España, tierra de promisión para muchos, a bordo de un cayuco, de una patera, en los bajos de un camión, o bajo las garras de una de las muchas mafias diseminadas por todos los continentes, por todos los países, dispuestas siempre a explotar la desesperación de muchos de sus compatriotas, vendiéndoles la promesa falaz de un paraíso en el que podrás encontrar trabajo, vivienda y una vida digna en la que la esperanza sea el norte, a cambio de una cantidad de dinero que, para alguien como tú que no tiene más que la inmensa esperanza en una vida mejor, es toda una fortuna, esa misma que pudiste reunir con la ayuda de familiares y amigos, más un sinfín de argucias, privaciones y sudores para poder pagar así ese pasaporte a la muerte que te venden a bordo de un cayuco o de una patera que puede naufragar en el Estrecho de Gibraltar o cerca de las costas canarias o, peor aún, de la que te han podido obligar a bajarte cerca de la costa, sin tener en cuenta si sabías nadar o cuál era tu estado físico, dejándote a merced de las olas, cambiando así de peligro cuando sales del alcance de los tiburones que pilotaban la nave paupérrima en la que intentabas llegar a las costas españolas.


Y es aquí, en esta tierra en la que depositaste todas tus esperanzas, donde te das cuenta de que todo lo que te habían dicho, de que todos los señuelos que te habían ofrecido para que te decidieras a dar el salto mortal de todo inmigrante sin papeles, era mentira, porque ese reclamo falso, ofertando una vida mejor y próspera en la que podrías resarcirte de un pasado misérrimo y de tantas privaciones y sufrimientos, porque en ella se cumplirían todos tus sueños, era un espejismo del que se han enriquecido los miserables que te ofrecieron el pasaje en el cayuco, el falso contrato en España en el servicio doméstico que luego resultó ser una condena a la prostitución, si eres mujer, además de la amenaza añadida de matar a tus familiares que aún viven en tu país si no pagas la deuda pendiente. Es entonces cuando te das cuenta, en ese definitivo naufragio que representa enfrentarse a la realidad si es que no has soportado otro anteriormente y has podido salir ileso de las aguas donde muchos de tus compañeros de sufrimiento naufragaron, del engaño del que eres doblemente víctima: primero, porque te has desprendido de esa cantidad de dinero, un verdadero capital para tí y tu única posibilidad de supervivencia durante unos meses y que pasará a engrosar las arcas de los canallas que siempre son los que se aprovechan de las miserias ajenas; y, segundo, porque te han quitado no sólo el dinero, sino las esperanzas que eran las que te mantuvieron un pie hasta llegar hasta tierras españolas, oasis en el que creías que te esperaba la prosperidad y un vida mejor.

Cuando te ves deambulando por las calles de Madrid, o de las tres o cuatro ciudades españolas que absorben el gran caudal humano de inmigrantes que llegan cada día a territorio español, es cuando te das cuenta de que ahora eres doblemente engañado, vulnerable y desgraciado, porque en tu tierra estabas con tus gentes, tus amigos, hablabas tu idioma y eras un ciudadano más, mientras que en España no eres nadie, porque nadie te conoce, ni te acepta porque eres un futuro y potencial peligro social, sin trabajo, sin dinero y sin documentación. No existes, simplemente, nada más que cuando arrastras tus pies por las calles madrileñas, mostrando tu rostro moreno en el que hablan tu raza bereber, tu orígenes africanos, tu mestizaje indio-español o tu ascendencia europea de cualquier país del Norte. Da igual tu procedencia, porque en un país donde no se ha entrado oficialmente por la frontera no se tiene más señas de identidad que el propio sufrimiento que te ha ltraído hasta tierras lejanas y extrañas en las que te sientes doblemente extranjero: ante los naturales del país que te miran con desconfianza y recelo, y ante tí mismo porque no entiendes qué demonios haces en un lugar donde no sólo no encuentras esa vida próspera de la que te hablaron, sino que ni siquiera te encuentras a tí mismo, perdido entre tu soledad, tu desarraigo y tu convicción, cada día más acentuada, de que ninguna tierra es mejor que la tuya aunque allí te murieras de hambre y de falta de horizontes, pero arropado por los tuyos, y aquí, en este paraíso prometido y fallido, te mueres de miseria, de pena y de soledad.


No quiero aconsejarte nada, porque nadie puede aconsejar desde la satisfacción de un estómago lleno y una vida confortable, pero sí te digo que avises a todos tus compatriotas para que no se dejen engañar como tú y no intenten venir a una tierra en la que no van a encontrar nada más que la misma explotación de la que intentan huir; pero aquí la sufrirán por parte de empresarios sin escrúpulos que prefieren contratar a trabajadores irregulares y sin papeles, sin garantías ni derechos, No dejes que otros desgraciados corran tu misma suerte, avísales para que tu propia experiencia personal de desilusión y fracaso ante una realidad hostil que mata tus sueños y la de todos los inmigrantes ilegales, sirva para evitar más sufrimientos.

No esperes ayuda de nada ni de nadie, porque este Gobierno que prometió “papeles para todos” mira para otra parte y lo único que dice ahora es que el tema de la inmigración se ha desbordado y la UE también niega cualquier posibilidad de ayuda a España porque afirma que no tiene fondos y que es culpa de este Gobierno haber hecho una publicidad nefasta en este tema, prometiendo lo que, sabía, era imposible cumplir.


La única ayuda solidaria es la que podéis daros unos a otros, inmigrantes con sueños y esperanzas siempre fallidos. Decid la verdad a vuestros familiares y amigos, ésa será la única forma de que muchos intenten luchar en sus países contra la explotación y la miseria, antes que intentar emigrar para hacerlo en otras tierras lejanas en las que lo único que les espera, de verdad, es la confirmación de que no existen más paraísos por conquistar que no estén siendo ya explotados por las mafias, las multinacionales, los empresarios sin escrúpulos y los políticos corruptos; pero siempre a costa del esfuerzo, el hambre y la desesperación de gentes como vosotros, a los que hace demasiado tiempo que la vida les reta, continuamente y sin descanso, a un duelo mortal de toda esperanza.



Ana Alejandre



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