19
de noviembre.
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Gabriela Mistral |
Manuel:
Su
carta me ha dado un asombro como no podría expresarse: el silencio de dos años
era ya todo el olvido que cabe y su carta última parecía una lápida. La he
leído dos veces y he pensado como antes que me habla un hombre en un momento de
fiebre. Porque no cabe en cabeza humana juntar estas cosas: el motivo de
nuestra ruptura y la ternura que dice haber conservado para mí; ni en la cabeza
más loca de las que usted ha acariciado cabe juntar ese silencio hacia una
mujer desterrada y triste y una piedad siquiera pequeña, menos aún un afecto.
Si
un hombre a quien yo solamente conociera –a quien yo no amara- cayera a la
cárcel, yo sentiría mi deber de consolarlo, sólo por haber estrechado alguna
vez su mano. Yo era más que una relegada, era un ser puesto al margen de la
vida, por un destierro inconcebible. Usted, por un juicio irreverente hacia una
mujer ni siquiera alta por haberle querido, se irritó conmigo.
Después de su ternura
para mí, la segunda sorpresa es ésta, su vida triste. Yo he sabido de usted
siempre, por retoñar de pasiones viejas, de esas que están ya trenzadas con sus
huesos, o por amoríos de cada primavera. Por esto, supe callar. He tenido siempre
el respeto de la dicha ajena. Le he de decir toda mi verdad. Nunca me hallará
usted hipócrita. Las primeras noticias me fueron como una quemadura; las
siguientes las justifiqué con un ligero escozor de mujer olvidada; las que
vinieron después no movieron en mí una sola fibra. Esto lo sentí como una
nobleza, mi única nobleza.
Ahora leo la pintura de
su vida, y no me convence. Tal vez usted la ve así. El tipo del Tenorio que
fija en usted todo el mundo –óigalo bien que todo el mundo- es demasiado
ordinario para que yo lo junte con usted. No creo que sea el burlador de
mujeres sino el conmovido de cada hora. Así como existe el hombre al cual cada
paisaje de la Tierra le inspira una forma de emoción o de amor, a de haber en
usted un paisajista de las almas, que van pasando sobre ellas amándolas a
todas, gozando con cada una, eternamente entregado y eternamente libre,
resbalando dichoso sobre diversas formas de afecto y de admiración. Usted no ha
podido ser desgraciado, porque ser desgraciado es únicamente esto: o no hallar
a quien entregar el alma o haberla entregado absolutamente y no poder
recuperarlas. Estas dos cosas no existen en usted.
Usted
está enfermo, eso sí, y como enfermo es un irresponsable de los dolores que
siembra, de los sueños que despierta y no cumple, no realiza. Su tristeza no es
de falta de amor, sino de falta de vitalidad, no es la suya una crisis
espiritual. Piense que creo todo esto para bien de usted, para mirarlo todavía
limpio y hermoso.
Me pregunta por mi vida.
En dos palabras cabe mi estado actual: no sufro. Se me ha derrumbado todo, y
estoy tranquila, y tranquila sin estoicismo. Yo no sabía y no hubiera creído
antes que el pensamiento pudiere liberarnos de todo. Así era: he pensado, he
tenido un momento de lógica fría y me he curado de muchos dolores que eran
sencillamente una necedad mantenida con pretexto de hermosura. Me han curado
con la maldad, definitivamente. Un bueno no me hubiera hecho tanto bien.
Manuel.
Siento
en mí un alma nueva. Como la naturaleza es sabia de un modo inconcebible, me
dio el veneno de la verdad y me dio el remedio en formas sutiles. Veo con una
claridad brutal a los seres, y no los odio; se me han hecho transparentes los
procesos de ciertas deslealtades, el manantial de ciertas cosas monstruosas,
que yo llamé antes así, y que son naturales y simples. Es una maravilla que
gozo día a día. Antes no observaba; tenía la intuición y creía tenerla. En
verdad iba ciega de idealismo, con una verdadera borrachera de sentimiento.
Creí que la conciencia que vi en algunos seres sería el mayor suplicio y no lo
es. Esta conciencia no mata la piedad, al contrario: con los ojos abiertos se
compadece más, se es más delicadamente dulce. La única diferencia es que en la
dulzura una no se da sino levemente. Viene una especie de pulcritud del alma,
que aborrece el exceso por dañino o por ridículo, y una aparta los ojos a
tiempo, se despide a tiempo de los seres y las cosas.
No sé si me he dado a
entender. Soy torpe como siempre, y este corazón nuevo, aún no le sé decir
bien. El viejo tal vez sabía hablar mejor.
Perdóneme que lo trate de
usted. ¿Cómo es posible que quiera usted hacerme pasar de este trato a un tú que
correspondió a otra alma, después de tantas cosas? Piense un poco; sea menos
niño y comprenda.
¿A dónde me voy? Parece
que a la Argentina. Estoy cansada de la enseñanza, no de ella misma en verdad,
sino de agregados odiosos que tiene. Profesora, era yo otra cosa; esto no es
para mí.
Le ruego que no me alabe.
Si usted ha pensado de mí lo que dice, tendría que creer que su alma era
pequeña, pues no supo quererme. Lo que puede decirme, y volveré a serle dulce,
es que me creyó dura, vulgar y mala. Pero encontrar un alma como la que usted
pinta y no hacerle sino daño, sería fatal, Manuel.
Tranquilícese, porque esa alma yo no he sido
nunca. Piense así siempre, cuando llegue a pensar en mí.
Alguna vez me he dicho: - No quiero irme de mi tierra
definitivamente sin conocerlo, es decir, sin hablar con él. Le he visto en
Santiago, a mi vuelta de Magallanes, y lo hallé otro. Con esa fisonomía no lo
soñé nunca. El de mi éxtasis tenía otro rostro y ha hecho usted bien en
desfigurárselo como lo ha hecho. Es una gran paz para mí.
Podré
ahora hablar con usted, antes de irme, si eso es posible. Me conocerá por fin,
no ya a través de retratos que le hagan las mujeres que los han querido y sabrá
lo que soy: una mujer vulgarísima, que el dolor envenenó sólo un tiempo, que
ahora es serena y que le hablará como una hermana vieja no como una madre, que
eso fuera demasiada ternura, de un amor, como de un muerto adorable que se ha
hecho polvo, pero cuya fragancia se aspira todavía en el viento que pasa, en la
primera flor de la primavera.
Le saluda. L.